Cuando el árbitro señaló el final y Colombia aseguró su lugar en los octavos de final del Mundial, Jhon Arias no habló primero del triunfo ni de la clasificación.
«He esperado mucho tiempo», dijo con la emoción todavía a flor de piel. No era una frase improvisada. Era el resumen de una carrera.
Arias nunca fue el niño prodigio del fútbol colombiano. Su nombre no apareció entre las grandes promesas ni dio el salto inmediato al fútbol europeo. Construyó su camino paso a paso, pasando por Patriotas, Llaneros, América de Cali e Independiente Santa Fe antes de encontrar estabilidad en Deportes Tolima.
El verdadero despegue llegó en Fluminense. Allí se convirtió en una de las figuras del campeón de la Copa Libertadores, ganó el reconocimiento internacional y terminó por consolidarse como una pieza fija en la selección colombiana de Néstor Lorenzo.
Pero todavía faltaba una noche: La del Mundial.
Ante Ghana apareció en el momento exacto. Atacó el espacio, definió con tranquilidad y convirtió el único gol del partido. No fue un tanto más: fue el que aseguró el pase de Colombia a los octavos de final.
Por eso, cuando habló de la espera, no se refería únicamente a un gol. Hablaba de todos los kilómetros recorridos para llegar hasta allí. De los años en los que pocos imaginaban que terminaría siendo protagonista de una Copa del Mundo.
De las oportunidades que parecían escaparse y de la paciencia para seguir creyendo.
El fútbol suele premiar a los talentos precoces. A veces, también recompensa a quienes nunca dejan de trabajar.
Jhon Arias esperó mucho tiempo. Y el Mundial eligió ese momento para devolverle todo.
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