Egipto ya había escrito historia al clasificarse por primera vez a unos octavos de final de una Copa del Mundo. Pero todavía quedaba una barrera por derribar: jamás había ganado un partido de eliminación directa en un Mundial.
Hasta ahora, tras empatar con Australia en un partido de enorme tensión, los Faraones sobrevivieron a la prórroga y encontraron la gloria desde los doce pasos. La victoria en la tanda de penales no solo los depositó entre los dieciséis mejores del planeta. Les entregó una página que ninguna generación egipcia había podido escribir.
Y en el centro de todo volvió a aparecer Mohamed Salah. No hizo falta que marcara cuatro goles para convertirse en la figura. Fue el futbolista que sostuvo a su equipo cuando más sufría, el que pidió siempre la pelota, el que transmitió serenidad cuando el reloj pesaba y el primero en asumir la responsabilidad desde el punto penal.
Los grandes futbolistas suelen decidir partidos. Los extraordinarios cambian la historia de un país. Esta clasificación tiene mucho de ambas cosas. Durante años, Egipto fue una selección respetada en África, pero incapaz de trasladar ese prestigio a la Copa del Mundo. Las participaciones terminaban demasiado pronto y el sueño parecía tener un techo imposible de romper.
Hasta que apareció esta generación. Y hasta que Salah decidió cargarla sobre sus hombros. Sin embargo, la imagen que probablemente quede para siempre no ocurrió durante el partido.
Llegó después. Mientras sus compañeros celebraban una clasificación histórica, Salah recorrió el campo para abrazar y saludar uno por uno a los futbolistas australianos. No hubo euforia desmedida ni gestos de superioridad. Solo respeto hacia un rival que había llevado el partido al límite.
Fue un detalle sencillo, y precisamente por eso fue enorme. Porque las leyendas no solo se construyen con goles, asistencias o títulos. También se construyen con gestos que hablan del futbolista y, sobre todo, de la persona.
Ahora el premio es gigantesco, Egipto jugará los octavos de final frente a Argentina, uno de los grandes candidatos al título. Será el mayor desafío de su historia. Pero después de romper todas las barreras que parecían imposibles, los Faraones ya demostraron que dejaron de viajar al Mundial para participar.
Ahora viajan para competir. Y mientras Mohamed Salah siga guiando el camino, Egipto tendrá motivos para creer que todavía puede escribir un capítulo más.
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