Cuando Brasil ganó su último Mundial, en 2002, Neymar tenía apenas 10 años. Desde entonces, generaciones enteras crecieron creyendo que sería él quien devolvería la Copa a casa. El heredero de Pelé. El sucesor de Ronaldo. El niño de Santos que parecía jugar un videojuego mientras los demás intentaban alcanzarlo.
Pasaron cuatro Mundiales: En 2014 cargó sobre sus hombros el sueño de un país. Una lesión en la espalda lo dejó fuera antes de la semifinal y Brasil terminó viviendo el inolvidable 7-1 ante Alemania. En 2018 llegó como estrella mundial, pero se fue en cuartos de final. En 2022 parecía su gran oportunidad. Marcó ante Croacia en el alargue, rompió un récord histórico y estuvo a minutos de clasificar. Pero el fútbol volvió a ser cruel. Y aun así, Neymar nunca dejó de ser Neymar.
Porque mientras otros levantaban la Copa, él acumulaba goles, récords y una relación compleja con su propio país. Amado por millones, cuestionado por otros tantos. Admirado por su talento, criticado por todo lo demás.
Hoy, en el Mundial de 2026, Brasil vuelve a mirar hacia el número 10, lo espera paciente y Ney se ilusiona con jugarlo, aún no pasó, pero Brasil ya casi que aseguró un boleto a 16avos de final.
Ya no es el chico prodigio. Ya no es la promesa. Es el sobreviviente. El futbolista que entendió que los Mundiales no esperan a nadie, excepto a él.
Quizás esta sea su última oportunidad de cumplir la promesa que hizo cuando era un niño viendo a Ronaldo levantar la Copa. Porque algunas historias no se tratan de ganar. Se tratan de volver a intentarlo. Y Neymar sigue intentándolo.
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