Durante años, la Selección Mexicana llegó a los Mundiales cargando la misma mochila. La presión por romper una barrera histórica, la ansiedad por demostrar que podía competir de igual a igual y el temor a repetir las frustraciones del pasado acompañaban cada paso del Tri.
Frente a Ecuador, esa historia empezó a escribirse de otra manera.
El 2-0 no fue únicamente una clasificación a los octavos de final de la Copa del Mundo. Fue una declaración de personalidad. México salió a jugar convencido de sus posibilidades, tomó el control del partido desde el inicio y nunca transmitió la sensación de estar sobreviviendo. Esta vez fue protagonista.
Mientras Ecuador intentaba encontrar respuestas, el conjunto mexicano impuso el ritmo, manejó los tiempos y fue construyendo una victoria que terminó siendo tan justa como contundente. No necesitó heroicas ni milagros. Ganó porque fue mejor.
Eso, quizás, sea la noticia más importante.
Durante mucho tiempo, el fútbol mexicano convivió con el peso de una historia que parecía repetirse cada cuatro años. Las eliminaciones dolorosas terminaron convirtiéndose en una carga que condicionaba cada presentación mundialista.
Hoy la sensación es diferente.
Esta generación juega con otra confianza. No parece obsesionada con romper una maldición, sino enfocada en competir. Y cuando un equipo deja de pensar en los fantasmas del pasado, empieza a abrir la puerta a nuevos sueños.
El siguiente desafío será Inglaterra, una de las selecciones más poderosas del torneo. El nivel de exigencia crecerá y el margen de error será mínimo.
Pero México llegará con algo que hace tiempo no transmitía en una Copa del Mundo: ilusión.
Porque las barreras históricas solo empiezan a caer cuando alguien deja de creer que existen.
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