Dieciséis años pueden parecer una eternidad en el fútbol. Una generación se despide. Otra nace. Los héroes cambian. Los nombres se renuevan. Pero los sueños permanecen.
En Sudáfrica 2010 fue Andrés Iniesta quien congeló el tiempo. En Nueva Jersey 2026 fue Ferran Torres quien escribió el nuevo capítulo. Un gol en la prórroga, cuando las piernas ya no respondían y el corazón jugaba por todos, devolvió a España al lugar que había aprendido a conquistar: la cima del mundo.
No fue una selección construida sobre una sola estrella. Fue un equipo. Uno que mezcló la experiencia de Rodri con la irreverencia de Lamine Yamal, la velocidad de Nico Williams, la seguridad de Unai Simón y la convicción de un grupo que nunca dejó de creer en la idea de Luis de la Fuente.
El camino tampoco fue sencillo. Eliminó a Portugal, dejó atrás a Bélgica, superó a Francia y, en la final, encontró enfrente a la Argentina de Lionel Messi. Durante más de cien minutos nadie encontró la diferencia. Hasta que apareció Ferran Torres. Como Iniesta en Johannesburgo. Como los futbolistas destinados a quedar para siempre en la memoria de un país.
España ya no es la sorpresa del fútbol mundial. Es una potencia que volvió para quedarse. Campeona de Europa en 2024 y ahora campeona del mundo en 2026, confirmó que el relevo generacional no terminó con una era; simplemente comenzó otra.
La segunda estrella ya luce sobre el escudo.
Y el mundo, otra vez, habla español.
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