Hubo un momento en el que parecía imposible. Después del Mundial de 2010, España pasó más de una década intentando encontrar una versión que estuviera a la altura de Xavi, Iniesta, Casillas, Puyol, Villa y Busquets. Cada torneo terminaba con la misma comparación y la misma sensación: aquella generación era irrepetible.
Brasil 2014 fue un golpe inesperado. Rusia 2018 terminó con una eliminación en octavos. Qatar 2022 volvió a dejar la impresión de un equipo que dominaba la pelota, pero no encontraba el camino hacia el gol. España seguía buscando parecerse a la España campeona.
Hasta que dejó de hacerlo, Luis de la Fuente entendió que el problema no era olvidar el pasado, sino intentar copiarlo. Cambió la velocidad del equipo, apostó por extremos que atacan el espacio, dio protagonismo a una nueva camada de futbolistas y construyó una selección con una identidad distinta.
Ya no se trata de monopolizar la posesión. Se trata de atacar con intensidad, presionar alto y aprovechar el talento de jugadores que crecieron viendo por televisión a los campeones de 2010. Lamine Yamal es el rostro más visible de esa transformación. A su alrededor aparecen Pedri, Nico Williams, Cubarsí, Dean Huijsen, Zubimendi y una generación que juega sin el peso de la nostalgia.
Ellos no intentan ser los nuevos Xavi o Iniesta. Intentan ser los primeros Yamal, Pedri o Cubarsí. El camino lo confirma. España eliminó a Portugal, superó a Bélgica y dejó en el camino a Francia para regresar a una final del Mundial dieciséis años después de levantar la Copa en Johannesburgo.
La historia no repite protagonistas, solo vuelve a premiar a quienes saben reinventarse y España entendió que el mayor homenaje a la generación de 2010 no era imitarla. Era construir una nueva. Y esa nueva generación ya está a un partido de tocar el cielo.
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